“Iridium flare” en los Andes

“Iridium flare” en los Andes

Estábamos en el inicio de un cruce de los Andes a fines de febrero del año 2011, habíamos pedaleado cuarenta y cinco kilómetros sobre la ruta 40 en el camino que une Malargüe con Bardas Blancas y habíamos superado la “Cuesta del Chihuído”, en la mitad de la primera etapa de la travesía. El grupo era muy heterogéneo: había ciclistas de Perú, Brasil, EEUU, Argentina, Uruguay y México, mujeres y hombres, gente muy joven, de mediana edad y algún ciclista veterano de varias batallas.
La semana previa a un cruce de los Andes en bicicleta, incluso el mismo día de inicio de travesía, es un breve e intenso período en el cual afloran muchas preocupaciones, dudas y hasta arrepentimientos entre los ciclistas inscriptos.
Sin duda, las preocupaciones y miedos tienen distintas jerarquías y mayormente con las respuestas y contención correctas, los ciclistas comienzan la travesía más tranquilos. Muchas veces nos llegan llamadas telefónicas con contenido muy curioso en momentos digamos “inoportunos”. Como explicar desde una carnicería mientras se compra toda la carne para toda la travesía, que no hay de que preocuparse, que nosotros llevaremos el papel higiénico para todo el grupo y para toda la travesía. Pero es nuestro trabajo y tenemos como regla número uno el ponernos en la piel de quien se embarca por primera vez en una aventura de carácter deportivo en los Andes donde todo será distinto a la vida diaria.
Comenzar a pedalear es un recurso que nunca falla: comenzar a gastar el enorme caudal de energía acumulada, socializar con los compañeros y percibir que la condición física lograda y que el entrenamiento realizado han sido suficientes, es el antídoto final para que cada uno se relaje, reducir la ansiedad y que comience a vivir la “cadencia” de los Andes y así aplacar dudas y miedos.
Y no voy a apoyarme en una falsa modestia: cuando se sube el telón y nuestra organización sale a escena, damos el último golpe de efecto para que la confianza sea total.
En el grupo había un brasileño, su nombre es Paulo Victor, había nacido en Petrópolis (Rio de Janeiro) y estaba por cumplir cincuenta y tres años. Mi primera impresión luego de hablar con él unas pocas palabras mientras nos preparábamos para iniciar el recorrido, fue la de hablar con un hombre muy serio, un señor de expresiones justas y juiciosas, con quien había que pensar bien antes de soltar una idea. Ni pensé en la posibilidad de hacerle alguna broma, como si sucedía con la mayoría de los brasileños, con quienes una humorada siempre nos acercaba y disipaba cualquier tipo de tonta rivalidad futbolística que existía en el imaginario de cualquier encuentro entre brasileños y argentinos.

Cuando estábamos disfrutando del final del picnic que antecedía a los siguientes veintidós kilómetros de la tarde, se acercó Paulo y con la voz de Tim Maia en “Un día de domingo” me dijo – Mariano, eu quero falar com você – (Mariano, quiero hablar contigo).
Esas palabras nunca precedían nada muy bueno. Mientras me preparaba para recibir el impacto del reclamo que estaba por venir, trataba de imaginar cual habría sido nuestro error. Sería vegetariano y le habíamos servido un esplendoroso sándwich de jamón crudo y queso? Habría yo errado la distancia a recorrer que les había informado? Se habría sentido intimidado por el tráfico con el que compartíamos la ruta en esa primera etapa?
Mi pulso cardíaco volvió a la normalidad cuando Paulo comenzó a contarme que él era geólogo y matemático, que a diferencia de la mayoría de los brasileños, quienes no tienen mucha experiencia en la vida de campamento en las montañas fruto de vivir en un país mayormente cálido y húmedo, él había permanecido en el Amazonas y en los Andes peruanos por varios meses por razones laborales.
Me contó que no solo sentía fascinación por el mundo terrestre, por la naturaleza y la maravilla de la existencia de todo lo que nos rodeaba, también era un experto en “cuerpos celestes”, constelaciones, estrellas y satélites. Ante mi interés siguió con el relato y me informó que había registrado la posición y el horario de salida de la luna para esa latitud y esa semana. Y esto era solo el inicio!
En esa misma conversación me pidió autorización para, luego de la primera cena de campamento en Bardas Blancas, poder dirigirse a todo el grupo y compartir sus conocimientos y mostrarles, antes de que saliese la luna, algunas particularidades en ese cielo tan vacío de contaminación y por lo tanto tan fantástico para estas observaciones.
Esa noche en Bardas Blancas, en medio del fragor del asado de bienvenida que estaban disfrutando y del vino tinto que exaltaba las ganas de socializar y domaba las inhibiciones, Paulo eligió dirigirse a todo el grupo: -Galera, eu quero falar com vocês! (Grupo, quiero hablar con ustedes!)-.
Esa cena de primera etapa normalmente es catalizadora de preocupaciones y como todavía no hay cansancio acumulado, los ciclistas se permiten alguna licencia nutricional de más. Mientras Paulo daba sus explicaciones en portugués, sobre lo que iríamos a ver, se dibujaban sonrisitas de color Malbec en los demás, ya que en simultáneo Mariely, de México, hacia la traducción al inglés e Irene, de Perú, hacia la traducción al español y los tres al unísono producían un enjambre lingüístico fabuloso.
Paulo era geólogo y matemático, pero no registraba la temperatura emocional del grupo en ese momento en particular y la transmisión de sus conocimientos y su paciencia estuvieron al borde de caer al precipicio. Pero por persistente lo logró y nos contó que en la órbita terrestre, había en ese momento más de treinta satélites “Iridium”, que orbitaban a una altura aproximada de setecientos setenta kilómetros sobre la tierra, completando la distancia de veintiséis mil ochocientos kilómetros en cien minutos.
También nos explicó que los satélites son visibles desde la tierra y que eventualmente hacen un giro sobre su propio eje y que durante esa rotación de cuatro o cinco segundos los paneles solares reflejan la luz del sol aumentando significativamente la luminosidad del satélite. Esto se conoce como “Iridium flare”. Pero lo mejor estaba por venir: Paulo había hecho sus investigaciones y sabía en cuales días de la travesía y en que horarios precisos tendríamos acceso a este espectáculo. Todo esto fruto de conocer la latitud y longitud de Malargüe como punto de referencia.
Todavía con las “acciones” bajas, se dirigió al público desconfiado y les dijo que en solo diez minutos verían el “Iridium flare” del satélite Iridium 914 – 24836. Había muy poco que perder, Paulo estaba rematando su imagen al mejor postor y hasta algún ciclista, que no nombraremos, cuestionó el poco sentido de la experiencia al canto de “no vamos a ver un c…”.
Nos apuramos y caminamos unos cien metros hasta el Río Grande, para salir de debajo de la alameda donde estaba situado el campamento y así tener una visión completa del cielo. Esperamos con tensión esos minutos hasta lograr identificar al satélite. Primer punto para Paulo.
Pocos segundos después, con todos los comensales mirando hacia el cielo, el momento llegó. Paulo, emocionado, se anticipó diciendo “Esta abrindo, Iridium esta abrindo”! (Se esta abriendo, Iridium se esta abriendo!). El satélite rotó sobre su eje, sus paneles solares reflejaron la luz del sol y su luminosidad creció tanto que pasó a ser durante un breve instante el punto más brillante de todo el firmamento. Sobrevino el “ooohhhh” como manifestación humana de desconcierto y admiración y luego llegó el aplauso. Enseguida supe que las “acciones” de Paulo habían crecido de manera exponencial y si Paulo hubiera sido una empresa, era el momento de vender todas las acciones.
Nos quedamos todos varios minutos más, escuchando las explicaciones y ya no hacía falta tener traductoras ya que el interés por aprender se había disparado y todos escuchábamos en silencio.
Dos noches más adelante, en el “Puesto de Doña Ángela” Paulo pidió la palabra dentro de la carpa comedor. Ahora él jugaba con nuestras emociones y tenía el control! Él sabía que, fruto de la información obtenida en su sitio de cabecera http://heavens-above.com que a las 21.58hs pasaría el Iridium 920 – 24871 proveyendo el mismo espectáculo que habíamos visto dos noches atrás. Esta vez no faltó nadie, éramos casi treinta personas, inclusive hasta los puesteros locales, recios hombres curtidos, de facón y espuelas, se habían sumado para mirar hacia el cielo.

Paulo era un personaje que no podía faltar. No tenía ningún interés en llegar primero, ni en batir records. La bicicleta era el medio que le permitía llegar a esos lugares que él podía explicar cómo geólogo y donde podía admirar lo que no podía explicar. Dormía “al sereno” como muchos de nosotros, es decir, fuera de la carpa de manera tal de poder conciliar el sueño mirando hacia el cielo. En más de una oportunidad lo vi retirando algunas de las piedritas del camino, ya que eran “obras de arte vivientes” que no podían ser arruinadas por el paso de un vehículo.
En la última noche de campamento en medio de los Andes, acampando junto al Río Teno en Chile lanzó la última promesa. Luego de la cena salimos todos de la carpa estructural para ver el último espectáculo nocturno de la travesía. La noche cerrada y despejada era el escenario ideal para cualquier avistaje. Llegó la hora del paso del Iridium, la platea miraba hacia el cielo, pero no se podía ver al Iridium por ningún lado. Pasó un minuto, pasaron dos minutos y el satélite brillaba por su ausencia. Cuando estaba por decaer la atención, Gogui y Alfredo, dos ciclistas pícaros que formaban parte del grupo, aprovecharon la oportunidad para pasar corriendo al son de “esta abrindo, esta abrindo” apuntándonos con una linterna potente, simulando el destello del Iridium.
El grupo estalló de risa y Paulo no pudo contenerse tampoco. Estábamos a bastante más de los cincuenta kilómetros de distancia de las coordenadas de Malargüe y por estar desplazados hacia el oeste, estábamos fuera de rango para poder verlo.
En el final del viaje nos despedimos en Curicó, el seguía hacia Santiago de Chile y yo retornaba a Malargüe. Esa madrugada todavía no eran las siete de la mañana y antes de sentarnos a desayunar me chistó desde la puerta del hotel: estaba pasando la ISS (Estación espacial internacional) por Curicó y nos quedamos unos minutos mirándola. Ese momento y su jersey con la bandera brasileña me quedaron de recuerdo para siempre.
Con Paulo nos escribimos periódicamente y conseguimos encontrarnos una vez más en el dos mil dieciocho, en una visita que hizo a Buenos Aires. Lo primero que le dije fue – Paulo, eu quero falar com você -.
Texto: Mariano D’Alessandro
Foto: Jose Ramon Barcena

Comments

Irene Carranza
julio 2, 2020
Que relato espectacular Mariano, fue como volver a vivir todo. Yo también mantengo contacto con Paulo y nos saludamos cada tanto. Como no carcajearme cuando Jorge y Gogui hicieron el juego de de luces y dijeron "¡Esta abrindo! ¡Iridium está abrindo! . Mando un abrazo gigante para ti, para todo tu staff y todo el grupo de gente tan linda que participó en el cruce.
María Avalos
agosto 3, 2020
Wou Mariano...!! Que hermoso y preciso relato , imagine cada acción, cada momento, hasta pude estar ahí contemplando ese cielo y viendo abrir aquel satélite.. Gracias...!
Graciela Mateo
julio 2, 2020
Hola Mariano! Qué lindo e interesante relato! Cómo siempre, una infaltable característica de tus excelentes travesías son los gratos recuerdos y las súper experiencias!! Qué bueno el aporte de Pablo, me hizo recordar esas noches estrelladas de la cordillera, tan cerquita del cielo!! Gracias por compartirlo! Un gran abrazo!!
Tito Menendez
julio 2, 2020
Buenísimo el relato, muy bien escrito. Un abrazo grande
Alejandro
julio 2, 2020
Lindo relato Mariano. Me hace acordar de muchos momento del cruce allá x el 2000 (5 cruce , si mal no recuerdo) . Especialmente el momento de avistar estrellas a las 3 am, sentados en los piletones de agua termal en el medio de la cordillera con un frío bárbaro. Abrazo Mariano
Cacho
julio 3, 2020
a las habilidades ya demostradas por usted Mariano, debo agregar la narracion y riqueza de palabras, equivocamente definida como "chamuyo" . Lo felicito nuevamente, usted lo merece.
Raul Karam
julio 29, 2020
Muy bueno Mariano, excelente experiencia. Una mas de todas las que suman cada travesía que haces. Muy interesante. Ojala lo tengamos a Paulo en la próxima que hagamos.
Mariely Jiménez
julio 29, 2020
Mi buen Mariano, cómo he recordado con este relato, los más grandiosos días que pasé en Los Andes. Ese día jamás olvidaré cómo he reído. Fue tanta la risa que el estómago me dolía. Que gratos recuerdos quedan con tus travesías pero más aún, la familia que uno gana en esos viajes por la convivencia de tantos días. Muchos de ellos, aún los mantengo en contacto. Un abrazo!
Gabriel Martinez
julio 30, 2020
JAJAJAJA, he recordado ese momento varias veces!!! Gracias por recordarmelo una vez mas. Gracias a Paulo ahora sigo los Iridium con una app. Imposible no ligar ese momento a muchos amigos que ese viaje me dejó.
Agustín Caturelli
agosto 19, 2020
Hermoso relato Mariano. Me hizo sonreír. Gracias. ¡Ah! ¡Los cielos estrellados de Los Andes! ¡Qué delicia! ¡Hasta la próxima! ¡Abrazos!

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